Este artículo apareció publicado en el número 11 de la revista a mínima.
arte: la mínima letra
El título de este artículo no sólo contiene, en el medio, el nombre de la publicación -el medio-, que en su número 11 –capicúa– contiene este artículo, sino que además es un palíndromo, es decir se lee igual empezando por la última letra hasta la primera, propiedad que por otra parte comparte con el nombre del medio -la publicación-: a mínima.
Disfruto enormemente del juego con palabras, juego con contenencias y autocontenencias, con las fronteras en donde la forma y la semántica pierden su identidad ilusoriamente opuesta, juego con redes que enredan nuestra mente, que es a su vez una red que contiene redes. Juego con las estructuras y con el desorden. Con la tediosa repetición y con los cambios abruptos que extravían el pensamiento.
Dos manadas de perros callejeros inician un largo recorrido por Bogotá. Una de ellas, liderada por un perro rosado, viene del campo, en el norte de la ciudad, y se adentra en barrios de clase media; hasta el momento la comida no ha escaseado. La otra manada viene del sur miserable, de los basureros enormes, de los cadáveres desenterrados, y dos perros enormes se disputan el liderazgo; por mutuo acuerdo y debido a las duras condiciones, han dejado la mortal disputa para un futuro cercano.
Un chofer de bus –buses ‘super ejecutivos’- cubre la ruta que va de Toberín a Usme, la más larga de la ciudad, y que transita en paralelo a los cerros orientales. Tres o cuatro veces al día recorre la ciudad de 8 millones de habitantes. Por las tardes de jueves o viernes suele evadir la ruta: hace bajar a los pasajeros con algún pretexto y se va a un bar en Galerías a beber aguardiente y a escuchar vieja salsa, con los que él cree son sus amigos. Una noche de excesos, el alcohol y una disputa lo hacen irse de espalda contra el suelo. Despierta amnésico en un hospital psiquiátrico del cual se escapa para retomar, con enorme esfuerzo, los pasos de la memoria, la ruta que en el pasado repitiera miles de veces.
Bajo este argumento como punto de partida escribí una novela hace 8 años. La técnica era muy simple: la lógica propia del espacio debería guiar la narrativa. Me recostaba bocabajo sobre un gran mapa de Bogotá y trazaba lentamente los recorridos de los múltiples personajes que se iban añadiendo y entrecruzando en la narración. Una de las manadas de perros callejeros, o la línea negra con la cual trazaba su recorrido en el mapa, me llevó a un barrio muy particular de Bogotá. El río Tunjuelito, apestoso debido a la contaminación industrial, se adentra en la ciudad e inexplicablemente da una curva muy cerrada hacia un lado y luego hacia el otro y retoma luego su rumbo natural, trazando así una ómega, y rodeando casi por completo una superficie considerable, en donde se encuentra el barrio Isla del Sol. Su nombre ridículamente esperanzador me fascinó así que fui allí a turistear. Conforme los personajes avanzaban por la ciudad yo iba a visitar aquellos mismos sitios, para encontrar motivos y patrones, y para no traicionar realidades que frecuentemente superaban la imaginación. Isla del Sol era sin embargo como me la había imaginado: amarilla (no por que fuera bañado por la luz del astro, sino por la tierra y la arena) y hedionda. Además de estar casi atrapada por el río de inmundicias, al otro lado se levantaba una pared de tres metros de altura que impedía el acceso a un barrio pobre (pero digno). Dentro del barrio vagaban manadas de perros llenos de tierra que no dejaron de emocionarme ya que se parecían enormemente a los perros de mi imaginación.
Así que el mapa se convertía en mi relato, que a su vez se convertía en mis itinerarios personales en la ciudad. Pero sobre el mapa de cerros, calles y ríos, de cuadrante, de convenciones, toponimias y escala, se iba superponiendo otro mapa, otra estructura que se creaba desde las relaciones que se establecían entre los múltiples personajes que cada tanto se encontraban para afectarse los rumbos. No contento con esto, ya que por cuestiones geográficas era imposible que todos o siquiera una porción interesante de personajes se encontraran directa o indirectamente, decidí que las historias de unos se meterían en los sueños de otros, o, si se quiere ver al revés, los sueños de algunos devinieron las vivencias de otros.
La claridad geométrica con la que empecé aquello -¿una novela?- que bautizé te mira, para, acelera, se convirtió, unas 200 páginas después, en una red tan intrincada de afectos y efectos que no parecía que algo o alguien, mucho menos yo, pudiera ponerle fin.
Fue entonces cuando en una sucesión de mudanzas que culminaron con mi partida definitva de Bogotá, el computador en el que tenía todos mis textos se perdió y con él el libro –y la necesidad de escribir sus últimas páginas-.
El libro era en todo caso, he de decirlo, mediocre, con lo cual no me afectó demasiado la pérdida; y fue más el alivio: me liberé así de esa red insoportable y literalmente interminable. Al mismo tiempo abandonaba la idea de dedicar mi vida a escribir. El futuro me deparaba un trabajo que también se hace desde la escritura pero que muy pocos asociarían a la literatura.
Escribir códigos que tienen manifestación sensorial y conceptual es una actividad que no relaciono con la tecnología. Sólo me interesa la escritura, el sonido, la luz, la narrativa, la ciencia, la danza... Como sé que la línea entre lo que es tecnología y lo que no es ilusoria, voy a decirlo de otro modo: me gusta mucho viajar en carro, pero no me interesan en lo más mínimo los carros.
La máquina me trae sin cuidado. No le doy ninguna importancia y me abstengo de debates que en la tecnocracia occidental se han vuelto una constante. En general sospecho que los discursos de occidente son banales y repetitivos, que constantemente creen descubrir lo que en otras culturas se sabía desde siempre y se ponía en práctica, y que el mero hecho de que las tecnologías de nuestra cultura son de mayor alcance y poder ha llevado a la sensación colectiva de que el occidente rico es el gestor y responsable del futuro. Estar inmerso, en términos de oficio, en un entorno en donde se dialogan y debaten temas que no me interesan (como la relación entre hombre-máquina, los grandiosos o desastrozos futuros debido a la tecnología, la red digital como cerebro colectivo, lo ciberpunk, los activismos tecnológicos y los hacktivismos, los copyleft y los commons, y un gran etcetera) no deja de generarme algo de desazón. Más de una vez he estado a punto de perder el computador. Otra vez, para encontrar una disculpa y dedicarme a algo nuevo y distinto.
En definitiva, el montón de piezas interactivas e instalaciones que he realizado a lo largo de unos cuatro años, me deja siempre insatisfecho: me parece excesivamente estructural, incapaz de rozar el lado asombroso del mundo. Aunque por otro lado creo que poco a poco se desplaza en la dirección de lo que realmente sí mi interesa: la poesía y el lenguaje, las historias de la vida de otros, la emoción, el humor. Mi trabajo, como la reina roja, avanza y cambia constantemente para quedarse en el mismo lugar.
Así que las piezas digitales e instalaciones que a continuación muestro pueden ser vistos como el fruto de un esfuerzo divertido, pero desesperado y desafortunado, de atrapar algo que quizá simplemente sea inatrapable. Tal vez, visto así, sea posible intuir aquello que no está, algo tan pequeño que no cabe en una mínima letra.
A continuación sigue en el artículo original una reseña gráfica de algunos de mis trabajos interactivos, instalaciones y exposiciones, que en internet pueden ser visitados en: www.moebio.com.
Santiago Ortiz
2005
en moebio.com
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